15 oct. 2017

La Revolución Anticatólica, 1a parte


Un complot eficaz no se lleva a cabo en tres minutos, impulsivamente. Por el contrario, la conjuración perfecta, la conspiración ideal, se proyecta hacia la eternidad y se lleva cabo durante todo el tiempo necesario para la consecución de sus fines propuestos. Así lo dicta la lógica: pues, si la destrucción del contrincante aspira a ser absoluta, la trama e intrigas para lograr tal cometido deben ser idénticamente totales.  

"Lo que se construyó en 2000 años no se deconstruye en dos horas...".

Por ello, la conspiración contra la Iglesia Católica aparece, en la historia, como un proceso lógico: bien planeado y estructurado; guiado a través de los siglos, paso a paso, por un "intelecto personal" no sujeto a las vicisitudes del tiempo humano: por una mente angélica en cuanto a su esencia y potencias, pero, maligna en cuanto a su carácter y proceder. Un espíritu perverso, nombrado de distintas maneras, por Jesucristo, en los Evangelios: el Señor de las Moscas, Belzebú y Satanás. El enemigo de la raza humana: "Homicida desde el inicio".

De aquella insipiración satánica perversa participaron las tesis y personajes fundamentales del Renacimiento, el Protestantismo, la Revolución Industrial, el Iluminismo, la Revolución Francesa, las Guerras Mundiales (la Era Atómica), los Materialismos Históricos, la Hegemonía Capitalista y el advenimiento inminente de la dictadura mundial del Comunismo: siendo este último la proyección más terrible y final de la conspiración anticatólica.

Amplio sensu, el proceso para la destrucción de la Iglesia aparece esbozado de la siguiente manera:

1. El Renacimiento.
En el marco teórico de esta ideología, se reconoce la autoridad de Dios, de Cristo y de su Iglesia. Sin embargo, de tajo, se le quita la primacía a Dios: ahora, el hombre es "la medida de todas las cosas". Los reyes y monarcas se convierten en "absolutos": ya no se consideran siervos de Dios, sometidos a la autoridad de la Iglesia: son seres "divinos", a los cuales se rinde culto con un "ritual". Este ambiente provocó un "arqueologismo" enfermizo que, bajo un supuesto volver a las fuentes originales de la filosofìa, precipitó a algunos intelectuales y religiosos en peligroso retroceso hacia las creencias del paganismo precristiano, o directamente hasta el gnosticismo diabólico (ex. gr: Picco de la Mirandola, Giordano Bruno, et al); o llana y descaradamente hasta la práctica de brujería e invocación de espíritus, bajo el mecenazgo de príncipes y comerciantes ricos (vr.gr. John Dee, apadrinado por Isabel I de Inglaterra).

2. El Protestantismo.
El Humanismo, tras su paso arrollador, ya había dejado mella permanente en la cultura de occidental: un amor excesivo por los lujos, los placeres y el refinamiento propios del arte, literatura y civilización grecolatinos. Esto sucedió en todos los niveles de la sociedad, pero, más escandalosamente, entre el alto clero. Por doquier -en las escuelas, tabernas e incluso en los púlpitos- se predicaba el retorno a la "cultura precristiana" y se exaltan los "valores" de las civilizaciones antiguas y el amor por la "lengua materna". En este ambiente, surge Martín Lutero: ávido lector de las obras gnósticas de Hermes Trimegisto. Fue un joven frustrado, que entró al monasterio sin vocación y se ordenó monje por motivos poco claros; a lo largo de su vida clerical, desarrolló una vida psicológicamente desbalanceada, con grandes crisis de escrúpulos. Tras una breve visita a Roma, manifestó un creciente "odio" a todo lo romano y torturantes disforias mentales. En medio de una de estas tormentas mentales, "descubre" su "teoría" de la "sola fide". El asunto de las "indulgencias" le sirvió como un pretexto para exponer sus propias tesis, que hicieron eco en el ambiente sensualista y protonacionalista de la época. Ahora, la conspiración avanza: reconoce la autoridad de Dios y de Cristo, pero no aquella de la Iglesia legítima. "Si el hombre es la cima de todas las cosas, entonces, no necesita a nadie como 'intermediario' entre él mismo y Dios. Ya no necesita a la Iglesia. Cada hombre es su propio Papa".   
(Continuará mañana)

9 oct. 2017

El Príncipe de Egipto

 
Moisés pasó muchos años, largos, oscuros y silenciosos, junto a su esposa, Séfora, dedicado al pastoreo de los rebaños de su suegro, Jetro, en la desolada región del Madián.

Durante su última estancia en Egipto, Moisés asesinó a un hombre a sangre fría. En los meses previos al homicidio, Moisés se habría tal vez permitido fantasías soberbias de caudillismo y ensoñaciones esquizotípicas de justicia inocentona. Él recibió la educación propia de su rango, como Príncipe de Egipto, y gozaba de todos los privilegios inherentes a su estado. Sin embargo, como hijo putativo, jamás ocuparía el trono del faraón. Y, probablemente, como cualquier otro segundón no primogénito ubicado en su misma coyuntura, condenado para siempre a un puesto más bajo que el de mayor categoría, daba vuelo libre a su imaginación, con la pasión infinita propia de los desahuciados. Como el hambriento irremediable que sueña con ridículos castillos enormes construidos con ladrillos de caramelo, techos de chocolate y aeróstilos de bombón. ¿Qué sucedió entonces? ¿Acaso Moisés se exitó en demasía por sus propios pensamientos? ¿Se intuyó a sí mismo como un posible libertador político de los esclavos? ¿Pensó que éstos le aclamarían como gobernante, si los azuzaba? Quién sabe. Sólo nos consta como verdadero que, cierto día, lleno de ímpetu y a la primera oportunidad posible, atravezó con un golpe de espada a un capataz que fustigaba a un esclavo judío. Fue un acto narcicista, lleno de envidia y soberbia: arbitrario, prepotente y grotesco. Un crimen cometido en público. Y, como tal, sólo halló, a manera de recompensa, el repudio inmediato de los presentes: toda la comunidad hebrea esclavizada; hombres y mujeres nada idealistas, sufridos, conocedores del látigo, el trabajo duro y las recompensas miserables de los poderosos; desconfiados, recelosos y burlones: despectivos ante la actitud pretenciosa de aquel "Joven Príncipe" belicoso. Pues, ¿qué ganarían ellos, los esclavos, uniéndose a la rebelión de aquel loco medio estúpido? Si perdían, obtendrían una muerte horrible y dolorosa. Y, si ganaban, tan sólo obtendrían la oportunidad maldita de vivir bajo el talón desdeñoso de otro tirano.

-"Qué se largue ese maldito asesino", gritaron, entonces, unos. "Hay que entregarlo", vociferaron, así, otros. Y alguno hasta le habría lanzado una piedra: una roca anónima y expiatoria, cargada con todo el miedo, resentimiento y odio de los presentes; fue una advertencia. "Aquí, nadie te quiere". Y ya Moisés adivinó el pensamiento de alguno entre las sombras: "Rómpanle una pierna, para que no escape". Así entonces, Moisés, profundamente humillado y carcomido por el temor huyó por el desierto: sin rumbo.

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Según narran todas las fuentes históricas, Moisés tartamudeaba. Tal vez obtuvo este impedimento del lenguaje como consecuencia de un rompimiento en el núcleo narcisista de su personalidad. Casi como una tara psicológica; una manifestación visible de su estado emocional más profundo y perturbado. Moisés era un fracasado. Un asesino y un cobarde.

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No sabemos cuántos años vivió Moisés como giróvago. Sólo nos consta que, un día, cuando aún era relativamente joven, conoció a su esposa, Séfora. La rescató de unos beduinos abusivos, que no le permitían abrevar a su rebaño. Y ella se enamoró de él. Así, terminó el Príncipe de Egipto en el Madián,  paciendo rebaños ajenos, por los montes y dehesas. Sin duda, esta nueva vida le resultaba de mayor provecho, comparada con su experiencia más reciente: sucia, desamparada y pobre, de vagabundo tartamudo.

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Ahora, Moisés vivía a sus anchas. O cuando menos, satisfecho. Anónimo por conveniencia, y desapercibido por convicción. Con el estómago lleno y el bajo vientre satisfecho. Comida en la boca y lecho caliente. Una ocupación sencilla. Días y noches lejos de la gente: solitario, junto al rebaño, bajo las noches estrelladas, junto al fuego simple de una fogata crepitante. Sin nadie que le mirase con sorna a causa de su tartamudeo. Sin dar razones a nadie sobre su vida previa; así como los humanos creemos, falsa y dulcemente, que la mejor forma de evadir el pasado -y el destino- consiste en olvidarlo.

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El Príncipe de Egipto llegó a viejo. Y el Señor del Universo le miraba con paciencia: cuidaba sus pasos guiándolos, uno a uno, año tras año. En cierto momento, Moisés habría de perseguir a una oveja perdida. Y este hecho insignificante le llevaría a contemplar a su Señor, en "la Zarza Ardiente".

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Santo Moisés. Ruega por nosotros.

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2 oct. 2017

El Papa ambiguo


Palabras proféticas, desde Argentina:
"Así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima (Mt. 13, 32), y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucho más modesta.
Sabemos que el mysterium iniquitatis -el misterio del mal- ya está obrando (2 Tes., 2, 7); pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo, y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica.
Puede haber dos Iglesias, la una de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" (pequeño rebaño) por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar.
Un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparente y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para manterner el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprobables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la publicidad".

MEINVIELLE, Julio, "De la cábala al progresismo". 

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