27 abr. 2017

Παρμενίδης


El hombre es como Dios: no cambia nunca. Tal como lo intuyera Parménides, nada mejora ni empeora en manera alguna en su esencia. Uno nace con cierto carácter dado: con mala sangre o buena leche, o visceversa; marcado como Caín o bendecido como Abel; determinado a obrar freudianamente por medio de pulsiones ciegas, precisas e invariables de vida y muerte; totalmente predestinado por un balance interior de cantidades absolutas insorteables; así, porque uno nace ya siendo Pedro o siendo Judas.

Esta verdad resulta difícil de comprender durante la niñez y la adolescencia, dada la natural falta de experiencia pueril y el narcicismo inherente al desarrollo hormonal de los púberes. Pero, cualquier hombre juicioso, bien cubierto de herrumbre, mayor de 30 años puede constatar la absoluta veracidad de la idea.

Al respecto, recuerdo que dijo Octavio Paz: 

"¿Hay ciclos realmente? ¿No estamos condenados a escribir siempre el mismo poema? Una obra, si lo es de veras, no es sino la terca reiteración de dos o tres obsesiones. Cada cambio es un intento por decir aquello que no pudimos decir antes; un puente secreto une los torpes y ardientes balbuceos de la adolescencia a los titubeos de la vejez".
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16 mar. 2017

Nos besamos


Nos besamos en el taxi.

Era nuestra primera cita. Cenábamos un dulce: postre de hojaldre relleno con ate y queso fresco. Bebimos té de menta. A las 23:45 exactamente, un mesero -el único del pequeño restaurante- somnoliento y enfurruñado nos llevó la cuenta a la mesa. 

-"Ya nos están corriendo...", te dije al oído con sorna. Tu sonreíste, bien cómplice. "¿Nos vamos?", pregunté. Y nos fuimos.

Tiritábamos. La noche era fría y húmeda. Cogimos un taxi, y nos cogimos entre brazos sobre el asiento trasero.

-"Me estoy helando...", te dije. "Mira, hasta me tiembla el cuerpo". Tú sonreíste de nuevo, y me pusiste las manos en la cintura. Tu cabeza, la recargaste sobre mi pecho; tus muslos, en mis rodillas.

Hablábamos de cualquier cosa en el trayecto, tan sólo para matar el tiempo. El chofer del taxi era un hombre anciano. Éste, acaso motivado por una tierna añoranza de amores viejos -o el gozo sexual voyerista propio de la senectud- encendió la radio para nosotros en busca de alguna balada melosa. Tal fue su tributo místico y freudiano al Hijo de Venus.

-"Alea iacta est...", me dije, para darme valor; luego, prendiéndote la barbilla con las manos te planté un beso en los labios. No había marcha atrás. "Es ahora, o nunca...", pensé.

Tú me aceptaste en tu boca; como un bosque a la lluvia; como el mar, al estuario. Así nos tocamos suave y brevemente, húmedos y calientes, con las flores del rostro bien abiertas. Empero, sólo un par de veces, nada más: fue sólo un par de cielos lo que nos dimos.

-"Benditos los primeros de besos, y bendita tú entre las mujeres...", cantó mi alma al momento.  

La noche era fría y húmeda. Palpitábamos. Nos besamos en el taxi. Te dejé en la puerta de tu edificio. Le di una generosa propina al taxista. Y tomé el trolebús de regreso a casa.  

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10 mar. 2017

παράδεισος

παράδεισος

Respondo a tu pregunta de ayer:

Quiero descubrir tu sabor, poco a poco:
el sabor de tu lengua
y de tus labios, en mi boca.

Luego, el sabor de tu espalda,
y el sudor de tu mar.
Te quiero navegar con las manos,
hasta el fondo.

Luego, morderte los pechos
mientras te agarro la cintura. Así,
para saber a qué saben tus suspiros.

Y, finalmente, saborearte el sexo.
Para volverme loco de amor,
borracho de ti, de tu olor y de tu ser;
y entonces penetrarte...
entrar en ti, como quien entra al paraíso.

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