16 may. 2017

Angustia


Uno experimenta cierta angustia naturalísima frente al (a lo) infinito y eterno. Porque nosotros sólo conocemos la realidad de a poco: en trozos; relativamente; sobre la base acotada e ineludible de nuestros propios linderos biológicos y culturales. Por eso, frente a Dios -y la certeza de la existencia del Bien, la Verdad y la Belleza- cualquier elucubración queda corta: se siente tunca e incómoda; honestamente falaz. "Como que uno va y anda por ahí balbuceando no sé qué tanta estupidez...", confieza uno, frente al espejo.

De ahí, la angustia neurótica de Tomás: "Señor, si no sabemos adónde vas (de qué estás hablando, ni qué o quién eres, o a dónde nos guías), ¿cómo vamos a conocer el camino?". Y la insistencia ansiosa de Felipe: "Señor, muéstranos al Padre (sé claro; no hables en metáforas; danos una señal; danos certeza material), y eso nos basta...".

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5 may. 2017

Mi esposa

 

Te llevé al sitio más puro de mi infancia. A ese restaurante de Coyoacán, donde antaño comía con mi familia: cuando mis padres aún vivían juntos y yo tenía alma de niño. Ahí, me viste pensativo, mientras cenábamos panquecas con dulce de leche y clericó de vino tinto.

-"¿Qué pasa, amore...?", preguntaste preocupada, con tus ojos verdes, tiernos, bien fijos en los míos.

-"Tengo miedo. Porque me estoy proyectando. Fue un acto de lo inconsciente...". Respondí. Tú me miraste con sorpresa. 

-"¿Miedo de qué...?". Tanteaste.

-"Aquí venía con mi papá a comer. Aquí me sentía seguro y feliz... por eso te traje aquí. Ahora ya lo entiendo. Me estoy proyectando. Es una idea profunda y poderosa. Te traje aquí, porque yo quiero que tú seas mi paz y mi todo. Quiero que tú seas mi familia. Quiero que seas mi esposa. Quiero que seas la mamá de mis hijos...".

Tú me sonreiste cual siempre, idéntica a ti misma, con los ojos bien brillantes. Completa, me dijiste que "Sí", en silencio. Con el cuerpo. Con el alma. Sin palabras, con todo tu verbo. 

-"Tota pulchra es, amica mea, et macula non est in te...". Cantó mi alma, en lo secreto. Luego bebí más vino. 

Tú me mirabas fijo, y cambiaste el tema de conversación, sabiamente.

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Más tarde, entre copas, hablamos de la boda. Del vestido. De la iglesia y la comida. 

-"Señor...", oré, "déjame amarla todo la vida...". Dije. 

Y nos besamos: suaves, discretos, tiernos y cabales. 

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27 abr. 2017

Παρμενίδης


El hombre es como Dios: no cambia nunca. Tal como lo intuyera Parménides, nada mejora ni empeora en manera alguna en su esencia. Uno nace con cierto carácter dado: con mala sangre o buena leche, o visceversa; marcado como Caín o bendecido como Abel; determinado a obrar freudianamente por medio de pulsiones ciegas, precisas e invariables de vida y muerte; totalmente predestinado por un balance interior de cantidades absolutas insorteables; así, porque uno nace ya siendo Pedro o siendo Judas.

Esta verdad resulta difícil de comprender durante la niñez y la adolescencia, dada la natural falta de experiencia pueril y el narcicismo inherente al desarrollo hormonal de los púberes. Pero, cualquier hombre juicioso, bien cubierto de herrumbre, mayor de 30 años puede constatar la absoluta veracidad de la idea.

Al respecto, recuerdo que dijo Octavio Paz: 

"¿Hay ciclos realmente? ¿No estamos condenados a escribir siempre el mismo poema? Una obra, si lo es de veras, no es sino la terca reiteración de dos o tres obsesiones. Cada cambio es un intento por decir aquello que no pudimos decir antes; un puente secreto une los torpes y ardientes balbuceos de la adolescencia a los titubeos de la vejez".
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